Tiempos Imposibles. Texto del episodio 100.
Nunca imaginé que el frío de noviembre pudiera ser tan intenso en lo que considero Alemania, aunque aún no lo sea del todo. A pesar de que discretamente llevo ropa térmica de mi época, el frío cala mientras estoy sentado al aire libre.
Es 1842. La bruma se cierne sobre el Rin y en las calles de Colonia el aire huele a carbón. Me acomodo, como desde hace días, en una mesa de la cervecería Früh, frente a la Domplatz, desde donde se alcanza a ver la entrada del edificio de la Gaceta Renana. Jóvenes con carpetas bajo el brazo entran y salen con paso apurado, pero ninguno se parece al del retrato que llevo en el bolsillo y reviso de vez en cuando.
Pido café, pero llega tibio. A lo lejos, se oyen martillos golpeando piedra: han retomado la construcción de la catedral. A uno de mis objetivos ya lo he identificado; siempre llega tarde a la redacción. Pero al otro aún no lo he visto. Sigo aquí, congelado y revisando constantemente el interior de mi portafolio, esperando el encuentro de dos desconocidos sin saber la fecha ni la hora exacta en que sucederá.
Carlos Michel.
PARÍS FRANCIA, 1891
Escuela de Estudios Superiores de Comercio de París. Me acerco a un joven estudiante de 18 años. Conozco de su adhesión a las sesiones espiritistas. Lo invito a una. Conozco lo que está pensando. Le hablo del futuro.
Le pido que tome nota de algunos nombres que serán determinantes en su carrera. Le pido que cuando llegue el momento tome las decisiones en base a la conversación que hemos tenido. Me despido de él dejándole un ejemplar de un periódico aún no publicado. Sé que las circunstancias pueden cambiar, pero espero que mi plan funcione.
Pablo Hernández Mares.
Era el 1 de mayo de 1994, y el sol iluminaba el trazado de Imola como una promesa de velocidad. El piloto más grande de todos los tiempos, estaba sentado en el paddock, cabizbajo, sostenía el casco entre las manos. Había algo en el aire, un peso extraño que no podía ignorar. Los eventos del día anterior, con el accidente de Roland Ratzenberger, aún lo atormentaban. Por primera vez en su vida, el hombre que desafiaba la muerte en cada curva sintió un temor inexplicable.
Cuentan algunos testigos, que un hombre que nadie pudo identificar, salió de la nada y se le acercó, le susurró algo al oído y Senna volteó de inmediato a verlo a los ojos. El enigmático hombre, soltó una última frase que algunos pudieron escuchar antes de desaparecer: “Aún no ha llegado tu tiempo. Hoy no es un día para la velocidad” y le entregó un recorte de lo que parecía ser un periódico de 30 años en el futuro. Senna se levantó, caminó hacia su equipo y declaró, con una serenidad inusual: “Hoy no corro”. Luego, abandonó el circuito mientras los motores rugían a lo lejos.
Ese día, la carrera continuó sin él. Un accidente en Tamburello cambió el destino de otro
piloto. Senna estaba vivo.
Tiempo Detenido.
