Tiempos Imposibles. Texto del episodio número dieciséis, segunda temporada.

Sucedió en pocos años, apenas un par de generaciones. Quienes habían nacido en un mundo donde existían cinco continentes, morirían en uno totalmente distinto, un planeta que reflejaba una realidad de lo que alguna vez fue sólo una hipótesis: un supercontinente que agrupaba todos, una gigantesca y continua masa de tierra firme que permitía caminar de las pampas argentinas hasta los fiordos noruegos, en el que se podía cruzar a pie la frontera de México y Sudáfrica y en el que el océano atlántico había desaparecido. 

Los científicos lo habían planteado como una posibilidad en un futuro lejanísimo, sabían que muchos millones de años atrás, más de 330, toda la tierra emergida de los océanos estaba unida en un continente colosal, desmesurado, y que 160 millones de años después comenzó a fracturarse y distanciarse hasta llegar al punto que todos conocimos. Incluso creían que no era la única vez que había sucedido. 

Los científicos lo sabían, y sabían también que el lento movimiento de las placas tectónicas presentaba, en un horizonte remoto, la probabilidad de que volvieran a unirse. Y pasó, pasó a una velocidad muchísimo mayor a la prevista. 

Un día cualquiera la población de Oceanía y del sureste asiático comenzó a sentir una especie de temblor que en lugar de oscilar, parecía desplazar la tierra hacia una dirección específica, no fue sumamente violento como un terremoto, pero fue constante, persistente, tenaz. Pocas semanas después, en Europa y África empezó el movimiento como si se dirigiera un continente contra el otro, y por último América del sur emprendió su propio viaje hacia el noreste. La deriva continental era ahora más perceptible que nunca. 

Conforme pasaron los años, alrededor de 40, los continentes fueron colapsando unos con otros. Ciudades enteras como Caracas, Tel Aviv o Barcelona fueron devastadas, los ecosistemas naturales cambiaron drásticamente al desaparecer el océano atlántico, o cuando la antártida se fusionó con Brasil, las cadenas de suministro tuvieron que adaptarse a un mundo en incesante cambio; sin embargo, a pesar de lo que ahora conocemos como la gran convulsión, los humanos sobrevivimos. 

Hoy estoy aquí, desde la frontera entre Nigeria y Canadá, escribiendo la historia de cómo vi el mundo volverse otro, y cómo me decidí a recorrerlo. 

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