Tiempos Imposibles. Texto del episodio número veintiocho, tercera temporada.
Eran días de incertidumbre en Babilonia, Roxana temía por su vida, por la de su hijo no nato y por la de su marido agonizante, ella sabía de lo que serían capaces los supuestos amigos y aliados de su esposo si no sobrevivía la noche; conocía a extranjeros como ellos en su natal Bactriana.
Alejandro III de Macedonia, conquistador del imperio más grande del mundo conocido, llevaba 12 días bajo los efectos de una enfermedad que ni los mejores médicos del imperio lograban identificar y mucho menos curar. La fiebre lo mantenía en un estado en el que parecía transitar entre la vida y la muerte. Sin embargo, el gran emperador se aferraba a permanecer en el lado de los vivos con la poca energía que le quedaba.
Los médicos no eran los únicos que, de vez en vez, lo daban por muerto; el propio Alejandro, entre el sopor y la bruma que parecían sumergirlo en ese limbo extraño, creía escuchar a sus compañeros hablando sobre lo que habrían de hacer cuando él ya no estuviera. No obstante, también le parecía haber sostenido conversaciones con Filipo su padre, Darío III o con Parmenión, quienes hace mucho habían cruzado al Hades. ¿Acaso él ya había cruzado también?
– Escuché que Crátero no tiene ninguna intención de regresar a Grecia sin saber la suerte del Basileus.
– Lo mejor sería que nos encarguemos nosotros del Imperio, Casandro, si no lo hubiéramos detenido, los buitres estarían picoteando nuestros huesos en alguna llanura en India.
– Estoy seguro de que esas órdenes que Alejandro le dictó a Pérdicas son falsas… – ¿cómo pueden ser falsas? Tú sabes que tan imprudente puede llegar a ser.
Esos desgraciados ya contaban con su muerte. No era secreto para nadie que les encantaría verse ocupando su trono. Sabía que si moría iban a despedazarse entre ellos, y esa idea lo aliviaba, pero, a pesar de que les deseaba esa suerte, sabía que no podía dejar que eso sucediera; después de todo, la mayoría eran sus amigos desde la infancia, y podrían ser unos ambiciosos faltos de escrúpulos, pero sin ellos no hubiera logrado conquistar su imperio. Esa contradicción lo hacía sentir una rabia incontrolable, la misma que sintió cuando Clito le increpó el haber condenado a muerte a Filotas, o cuando sus pajes intentaron acabar con su vida.
La verdad era que Alejandro estaba rodeado de traidores, pero eran traidores útiles. Había llegado el momento de ponerlos a trabajar nuevamente.
Como si una llamarada se le encendiera desde las entrañas y le recorriera todo el cuerpo con un calor de resurrección, un fuego interno le abrió la garganta, la boca y los ojos para darse cuenta que no estaba solo, y como si una mano divina lo regresara del mundo de los muertos, se puso de pie, y ante las miradas atónitas de sus esposas, varios cortesanos, sus médicos y sus compañeros que mantenían una agitada discusión sobre quién era el más fuerte, Alejandro dijo en medio de un silencio absoluto:
– Con que el más fuerte, ¿eh?
– Fue la instrucción que nos diste, el más fuerte entre nosotros sería quien te sucedería en caso… – replicó Ptolomeo claramente atemorizado.
Alejandro lo interrumpió de golpe y añadió:
– El más fuerte es el hijo que carga mi esposa en su vientre, heredero de mi poder, de mi grandeza, de mi fiereza y sobre todo, de mi imperio. Pero es muy pronto para pensar en ello, es momento de ponernos a trabajar, hay muchas tierras que nos esperan aún.
Alejandro no daba muestras de haber estado al borde de la muerte hace unos pocos minutos, al contrario, sabía que su triunfo más grande acababa de ocurrir: había vencido a la muerte y el futuro se abría ante él como una tierra fértil y desconocida. A lo lejos se escuchaba cómo Babilonia estallaba en festejos por el retorno de su rey.
ValenarS
