Tiempos Imposibles. Texto del episodio 95.
Todo comenzó con una nota pequeña. Neumonía rara en Wuhan, dijeron. Un cable de agencia el último día de 2019. Nadie le hizo caso. Pero luego aparecieron rumores de una doctora, una experta en hongos que habían sacado de no sé qué instituto militar. La llevaron a una fábrica de harina al sur de la ciudad. Había cuerpos, según decían. Pero lo más raro era cómo se movían. Como si todavía quedara algo ahí. Algo que no sabía que estaba muerto.
Esa doctora —china, joven, con la voz quebrada en un video filtrado— decía que no había tratamiento, que no se podía contener. Que lo único sensato era quemar todo. “Por favor, destruyan la ciudad”, dijo. Esa frase la repetimos muchos durante semanas. Luego desapareció. El video también.
Después vino el silencio. El gobierno chino negando todo. Reportes eliminados. Periodistas detenidos. Mientras tanto, en redes aparecían cosas imposibles: gente atacando a mordidas, soldados disparando dentro de hospitales. Pero siempre eran “videos falsos”, “montajes”, “desinformación”.
Y luego ya no fue tan lejos. En México, la Secretaría de Salud decía que no había evidencia de riesgo. Que no había que caer en el pánico. Un panadero en Puebla se comió el brazo de su hijo. Esa fue la primera señal de que todo se estaba yendo al carajo. La nota salió un día, al otro ya no estaba. En la redacción nos mirábamos sin saber si era real o no.
Se hablaba de un hongo. Un tipo de cordyceps, decían algunos. Otros culpaban a experimentos agrícolas, al cambio climático, a algo liberado por accidente. La OMS ya no daba conferencias. Apenas sobrevivía. Lo último que escuché fue que habían perdido contacto con su sede en Ginebra.
Recuerdo los ojos de mi mamá cuando le dije que no comiera pan. Pensó que me estaba volviendo loco. Tal vez sí. Le dije que preparara una maleta. Que saliéramos de la ciudad. No quiso. Dijo que no iba a dejar su casa. Y yo… yo no supe qué hacer.
Ya tenía mi mochila lista. Linterna, atún, un mapa viejo de carreteras. Pero me quedé un día más por ella. Y otro. Y otro. Hasta que fue tarde.
No sé en qué momento se acabó el mundo. No hubo una fecha exacta. Solo sé que un día desperté y ya no había noticias. Solo ruido. Sirenas lejanas. Y el eco de esa voz diciendo que debieron quemarlo todo.
Carlos Michel.
