Tiempos Imposibles. Texto del episodio número once, segunda temporada.

Las noticias que recibía Valentín Varénnikov desde Moscú eran preocupantes. Tras dos días del inicio del golpe las cosas no marchaban como los conspiradores habían previsto. Una cosa, previsible, era que el pueblo no iba a estar de su lado, pero otra más peligrosa era que gran parte del ejército tampoco lo estaba. Las tropas que debían atacar la “Casa Blanca”, el lugar de gobierno de Rusia, estaban detenidas recibiendo vodka y flores de la gente que los instaba a no obedecer órdenes. Sin embargo, Varénnikov tenía aún varias posibilidades para cambiar el curso de la rebelión y regresar a la URSS a su antigua gloria. A pesar de estar fuera del campo de acción en Moscú, tenía encerrado en la Dacha de Crimea a un importante activo: el presidente de la URSS Mijaíl Gorbachov. Se comunicó a Moscú con Gennadi Yanáyev y Vladímir Kriuchkov quienes lideraban el golpe de estado. Las noticias que recibía de ellos no eran alentadoras, el ejército no quería un baño de sangre de civiles y se negaban a atacar la Casa Blanca. Y para colmo de males, habían dado un gran poder mediático a Boris Yeltsin, que había hecho un llamamiento público a resistir el golpe encaramado en un tanque de guerra.

“Está ganándose a la opinión pública, incluso podría pasar por encima de Gorbachov” pensó Varénnikov. Les pidió a los co-conspiradores media hora para pensar. Se dirigió a la habitación donde tenían encerrado a Gorbachov y entró para conversar con él. Gorbachov era más joven que él y no había peleado en la segunda guerra, pero eso no impidió que platicaran de esa época. A pesar del golpe de estado, a pesar de tener detenido a Gorbachov, a pesar de que Varénnikov era su carcelero; ambos platicaron como caballeros sobre los grandes enemigos que la URSS había vencido en esa guerra: Hitler y Alemania.

Una epifanía iluminó el rostro de Varénnikov. Sí algo podía unir a todos los rusos en su causa, era un enemigo externo, un enemigo que representara una amenaza contra la URSS por encima del golpe de estado. Salió de la habitación y tomó el teléfono para hablar con los golpistas en Moscú.

– ¿Cuántos ICBM controlamos que nos puedan ser leales? – Preguntó a Kriuchkov que era líder de la KGB.

– Pocos, tal vez 10 con unas 30 cabezas. Algunos submarinos también. – Le respondió.

– Vamos contra Checoslovaquia y Rumania, pero no podemos atacar directamente a Estados Unidos, necesitamos que no sea una escalada atómica sino el inicio de una guerra más convencional que nos permita unificar al ejército. – Ordenó Varénnikov.

– Suponiendo que sea una buena idea, necesitamos los códigos y solo Gorbachov los tiene.

– Déjamelo a mí y a tus hombres.

Se dirigió a los agentes de la KGB que custodiaban la habitación de Gorbachov y les preguntó sí tenían pentotal sódico. “Siempre estamos preparados para todo”, le respondieron.

Un par de horas más tarde, el cielo se iluminaba en Praga y Bucarest con la fuerza de mil soles y los aterradores sonidos que imaginó Penderecki se hacían realidad en esas ciudades.

Carlos Michel

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