Tiempos Imposibles. Texto del episodio número trece, segunda temporada.
No podría recordar un solo momento en su vida en el que se hubiera sentido más nervioso. Faltaban pocos minutos para cambiar la historia del país, y muy probablemente el futuro del mundo entero.
A pesar de que era la segunda ocasión en la que le tocaba ser presidente de la República, Manuel de la Peña y Peña se desempeñaba apenas en su tercer mes en el cargo. Se sentía como un comodín que utilizaban solo para atravesar los peores momentos del país.
Era 2 de febrero de 1848, en el Palacio Nacional mexicano, a la vista de todos, ondeaba la bandera de los Estados Unidos de América. Habían pasado dos años de una guerra intervencionista donde los gringos además de haber ocupado la capital habían bloqueado los puertos de la nación. El orden constitucional se había perdido.
Manuel, acompañado del grupo de mexicanos que negociaron el fin de la guerra, se dirigía a la oficina donde firmaría el tratado de paz en la Villa de Guadalupe Hidalgo, cerca de la Ciudad de México
Caminaba como si se dirigiera al paredón, pero con la certeza de que sobreviviría. Cosa que no le alentaba para nada porque a pesar de que sabía que conseguiría la anhelada paz, el tratado que estaba a punto de firmar cedería al país enemigo el 55% del territorio nacional.
Entró a la oficina, frente a él estaba Nicholas Trist, quien había negociado el tratado por parte de Estados Unidos. Una discreta sonrisa delataba la satisfacción que sentía por haber doblegado a toda una nación y a su presidente. Sobre una mesa antigua de madera sólida se encontraba el manuscrito. La guerra estaba por terminar.
Manuel, en silencio, se acercó a la mesa, tomó la pluma con la mano temblorosa, levantó la mirada y con una tristeza tan profunda que no habría reconocido en su rostro nunca después, dijo en un inglés titubeante: take the whole country, y en español añadió: México ya no existe.
Sin firmar, soltó la pluma, dio media vuelta y se perdió en los pasillos de la villa.
Tiempo Detenido
