Tiempos Imposibles. Texto del episodio número veinticinco, tercera temporada.
Por la ventana, mientras observaba a un perro cagar en la polvorienta calle, un envejecido Adolf Hitler recordaba los tiempos en los que desde el nido del águila podía ver los Alpes Bávaros y no a un pastor alemán con diarrea. Al menos si se hubiera quedado en Perito Moreno podría haber visto un paisaje más similar a los que estaba acostumbrado, pero en un lugar tan pequeño no fue fácil para Eva y para él pasar desapercibidos.
En La Plata había encontrado un nuevo hogar, que podía haber sido mucho mejor, pero el camino opuesto era haber sido capturado por los aliados o, dios no lo quisiera; por los israelíes. Los supuestos “contactos de alto nivel” con el gobierno argentino que le habían prometido a Hitler resultaron ser unos pocos contactos con funcionarios de medio pelo. Las prometidas posibilidades de reconstruir su ejército en Argentina, terminaron en unos cuantos documentos de identidad para Eva, él y un guardaespaldas que hacían pasar por su hijo. Ya para 1955 las esperanzas de Hitler de construir un nuevo imperio en Sudamérica y eventualmente recuperar Alemania y Europa se habían desvanecido. Eichmann era ahora un anónimo mecánico de la Mercedes Benz. Y Mengele vivía la vida alegre en las playas brasileñas. El sueño del 3er Reich había sido cambiado por la gris realidad de la clase media sudamericana.
Para colmo de males Eva se quejaba constantemente por la pérdida del estilo de vida al que estaban acostumbrados. A sus 43 años, ella estaba aún con plena vitalidad y belleza, y él a sus 66 ya estaba marchito. “Eva pasa demasiado tiempo con el carnicero, carajo” Pensaba Hitler mientras miraba un partido de futbol llanero, su única afición en los últimos años. En las canchas había encontrado refugio. Allí gesticulaba, se apasionaba, gritaba indicaciones, tal y como lo hizo alguna vez en sus discursos; en lo que parecía ya una vida muy lejana. Los muchachos del barrio lo llamaban “El profesor” con un fuerte acento en la primera letra R. Además, para relajarse mejor, aprovechaba los partidos para fumarse un porrito en las gradas. En Argentina la mariguana era más fácil de conseguir que las anfetaminas a las que estuvo enganchado.
El dinero se les estaba terminando. El efectivo y joyas que les habían permitido vivir 10 años ya estaba menguando. Hitler tendría que ponerse a trabajar, algo que él siempre consideró propio de razas inferiores. Pero ¿qué hacer? ¿A qué dedicarse? ¿Sería buen momento para retomar su pasión por la pintura? ¿Podría incursionar en la política local y mejorar la vida de todos en La Plata? ¿Podría dirigir a un equipo de futbol aprovechando su recién descubierta pasión? ¿Ser carnicero para competir con su nuevo némesis? O mejor aún: ¿ganadero, gaucho? ¿Aprovechar sus conocimientos culinarios aprendidos con Mussolini? Muchos caminos, una sola cosa por decidir. A su edad no se podía permitir fallar; tenía que tener definida muy pronto la solución final.
Adrián Marcelo
